miércoles 28 de noviembre de 2007

Medio rural: ámbito de oportunidades


Publicado en Kanatari 25/11/2007

El que un docente calificado acepte de buena voluntad ocupar una plaza de trabajo en el medio rural, se ha vuelto más difí­cil que hacer pasar un elefante por el agujero de una aguja. Aquellos que ya laboran en él (dirí­amos irónicamente que tuvieron esa mala suerte), pugnan cada instante para salir de su autoexilio. ¿Cuán desafortunado es trabajar en el medio rural? Bueno, en las condiciones en que se vive allá­ no cabe duda que hay que tener bien puesto los pantalones o las faldas para aceptarlo consciente y decididamente. Es cierto que existen condiciones materiales que pesan a la hora de optar por dejar la ciudad e ir a vivir en él (carencia de agua potable, luz eléctrica, salud básica, educación continua, y otros avatares), serí­a injusto no reconocer que la vida en el campo también provoca grandes goces, producto de esa prodigiosa naturaleza de incalculable riqueza paisají­stica, forestal y fauní­stica. Aún así­, las carencias, para muchos, son más determinantes y con su comprensible rechazo, refuerza la condición de marginación de las comunidades rurales.

No obstante, hay una lectura que pasa desapercibida, a pesar de la enorme riqueza que implica. Me refiero al hecho de concebir el desarrollo de los pueblos a partir de sí­ mismos. Pues bien, algunos pensamos que es más factible que una comunidad rural se desarrolle a que lo logren los barrios marginales de las grandes ciudades. Este planteamiento, que a simple vista puede parecer tomado de los pelos, es racionalmente objetivo. ¿Cómo un lugar abatido por extremas carencias puede convertirse de la noche a la mañana en un centro de desarrollo humano y material? En virtud de la idea de que los extremos se tocan, podemos decir que entre lo bueno y lo malo existe sólo un mí­nimo trecho que los separa. Haciendo un paralelo podrí­amos sostener, por ejemplo, que no necesariamente tenemos que volver a revivir toda la historia que pasaron los europeos o asiáticos para llegar donde ellos están, lo cual es razonablemente imposible, sino que es posible conseguir logros en un camino más corto y quizás con mejores resultados.

No se trata de meras ilusiones ni ingenuidades, sino de ciencia, de técnica, de practicidad, de libertad, de creatividad, de afán de vivir la vida plenamente, de aprender de las mejores experiencias de los paí­ses que nos adelantaron en desarrollo. Y, no es que creamos que estas naciones ya lo tienen todo, que son tan excepcionales como para envidiar su forma de vida. De hecho, han logrado significativos avances. Pero, sabemos, también, todos los problemas que pasan las sociedades modernas por muy adelantadas que estén. Después de todo, el desarrollo material no siempre coincide con el desarrollo humano: véanse las guerras, el consumismo, el control de los recursos en manos de una minoría empresarial, las luchas por el poder polí­tico y económico, la destrucción del medio ambiente, etc. En contraste, en muchas comunidades rurales se respira paz, amistad, solidaridad, generosidad, humildad, desapegos de todo tipo. Lo cual no significa que podamos agregarle otros goces a nuestras vidas con el uso de los descubrimientos de la ciencia y la tecnologí­a y todos aquellos bienes y servicios que permiten satisfacer mejor nuestras necesidades.

¿Cómo lograrlo? Administrando mejor nuestros bienes, investigación y desarrollo, mejores maestros, dirigentes visionarios, locos que no teman ir al medio rural. Existen grandes plantaciones naturales de aguaje, capirona, camu-camu, lagos estratégicamente ubicados, que bien administrados pueden generar suficientes ingresos económicos como para satisfacer sin apremios necesidades de vivienda, salud, alimentación. No creo, que se requiera en una primera etapa de grandes inversiones. No tenemos por qué depender de ese gran capital que se especializa en la venta de materias primas, que es una actividad provisional que termina cuando se acaba su ciclo productivo, la clave está en manejar nuestros recursos satisfaciendo primero el mercado comunal, luego el distrital y si se puede, el provincial. Garantizada la supervivencia comunitaria y guardando su sostenibilidad, recién se podrá exportarlos, asegurando de esta forma altas ganancias económicas. En épocas pasadas, la población tení­a asegurada su supervivencia con buena alimentación y autosuficiencia nunca vista, tal como lo atestiguan las crónicas de los primeros exploradores europeos que llegaron a estos territorios. Lo que importa es no responder a la voracidad del sistema capitalista, sino a las necesidades de la población. Es decir, debemos instituir una economí­a al servicio de la población y no al revés. Los pueblos del medio rural, encierran pues, un enorme potencial susceptible de convertirse en el tiempo en grandes centros de desarrollo social, económico y cultural.

miércoles 21 de noviembre de 2007

¡Salvemos a Iquitos!


Kanatari 18/11/07
No hay duda de que la ausencia de una buena audición nos trae una serie de dificultades para comunicarnos adecuadamente. Ya padecemos terribles problemas interpersonales oyendo claramente, imagínense si añadimos otro adicional en nuestros diálogos cotidianos. Por ello, es cruel ser testigo de cómo venimos forjando sistemática y vehementemente una población de sordos, lo cual, por cierto, trae consigo otros males físicos y mentales. Las calles de Iquitos son el claro ejemplo de una combinación de modernidad con subdesarrollo que da vida a una cultura del reciclaje y del “peor es nada”, que arranca del desarrollo tecnológico aquellos medios de transporte en desuso, que lejos de resolver nuestros problemas comunicaciones, los agrava y amplía
Es increíble el nivel de ruido al cual estamos sometidos diariamente. Pero lo más sorprendente es la poca diligencia de las autoridades locales para resolver esta traba. Bien hace el Comité Cívico Contra el Ruido intentando disminuirlo, yendo más allá de lo hecho hasta el momento por los que fueron elegidos para velar por el bienestar de la colectividad.
Preguntémonos qué genera mayor ruido callejero. Cabe resaltar que no todos los vehículos motorizados son causantes de aquello. Los hay silenciosos, sobre todo los recién comprados y también los que tienen propietarios cuidadosos que los mantienen en buenas condiciones. No hay nada que objetar a estos ciudadanos y ciudadanas responsables. Pero, donde hay que trabajar duramente es con aquellos usuarios cuyos motores generan ruidos muy por encima de lo soportable. Aquí nos topamos con los escurridizos motocarros de años de uso, cuyos motores han sido reparados más de una vez y, que a duras penas se mantienen en actividad. Estos trastos del transporte emiten altos niveles sonoros y los esparcen por donde vayan. En este grupo están, por supuesto, las motos que tienen los mismos defectos que los anteriores.
En otra categoría de contaminantes acústicos se encuentran los omnibuses de transporte masivo, de los cuales ninguno sale airoso. Todos, sin excepción generan los más altos e incisivos sonidos. Párese en una esquina y verifique: no se salva ni uno. Por una parte, constituye un sector del transporte sumamente importante para la población, lo reconocemos, pero por otra, cumple un nefasto papel en la contaminación ambiental que padecemos.
Es evidente que tenemos entre manos un asunto complejo, pues involucra una serie de factores. Impedir abruptamente que transiten muchos vehículos de uso particular y público, acarrearía nuevas y graves dificultades sociales y económicas a quienes los usan para movilizarse en forma particular y a los que dependen laboralmente del transporte público (llámense motos, motocarros, omnibuses, combis, etc.). Lo cierto es que algo se tiene que hacer para poner freno a este problema que cada vez se agudiza más y pone en grave riesgo la salud de la población en su conjunto.
La solución depende de todos: autoridades, propietarios, usuarios del transporte y ciudadanos en general. Proponemos algunas ideas que pueden servir como referencia para aminorar o neutralizar totalmente el problema: primero, para los usuarios, no subir a ningún vehículo de transporte que esté notoriamente defectuoso (que bote humo o genere demasiado ruido). Es más fácil descartar a un motocarro estrepitoso que a un autobús. Se trata también de que los otros se enteren de lo que estamos haciendo. Es decir debemos hacer público nuestro sentir frente a la problemática y la necesidad de solucionarla. Que sea pública nuestra voluntad de no subir a un carro que emite resonancias de escándalo. Segundo, las autoridades deben dar licencia de trabajo sólo a aquellos vehículos que acrediten bajos niveles sonoros. No es momento de habilitar cualquier cosa por el sólo hecho de que pidan el correspondiente permiso. Las empresas de transporte, deberán ser más competitivos si desean trabajar como servidores en el rubro del transporte público. Asimismo, se deberá dar un plazo perentorio a todos los transportistas que en la actualidad cuentan con vehículos en malas condiciones a que reparen y/o renueven sus vehículos. De esa forma, tanto la población como las autoridades habremos dado un paso importante en la construcción de una ciudad sana y limpia.

viernes 16 de noviembre de 2007

El cuento del perro

publicado en Kanatari 11/11/07

Según el llamativo escrito de nuestro grandilocuente Presidente El síndrome del perro del hortelano (El Comercio, 28 de octubre de 2007), la fórmula mágica para resolver los problemas económicos nacionales reside en poner precio a todo y vender lo que se pueda vender al gran capital para obtener millones de puestos de trabajo. Refiriéndose a la Amazonía sostiene que millones de hectáreas para madera están ociosas e imposibilitadas de aprovechamiento por razones ideológicas o deplorables actitudes. Es una expresión nada novedosa que refleja claramente la actitud expoliadora que tiene cierta gente que él alegremente representa y que piensa que la Selva es una rica, aunque deshabitada despensa. Ignora, por supuesto, todas las vivencias y prácticas culturales que la población amazónica ha desarrollado en miles de años de posicionamiento geográfico para beneficiarse de sus recursos sin poner en riesgo el futuro de sus descendientes, ni mucho menos el del planeta.
Resulta paradójico que tales comentarios provengan precisamente de las personas que tienen la tarea directa de implantar acciones para el desarrollo del país y que hablan como si no la tuvieran, como si la responsabilidad fuera de otros actores y no precisamente de ellos. En realidad, es una postura facilista, pues siempre serán otros los responsables de lo malo que sucede. Bueno, si lo dijera un ciudadano que no tenga responsabilidad pública, bueno, tal vez sería comprensible, pero no así que lo diga un funcionario de su rango. Es como si un padre hablara de su familia como si esta le fuese ajena y no tuviera ninguna responsabilidad directa sobre ella. El Presidente García ya fue presidente una vez y habría que preguntársele qué hizo en su anterior mandato que habla con tal desvergüenza y como si jamás lo hubiera sido . Gracias a su gobierno anterior, la crisis social en que vive el Perú se agudizó alarmantemente. No puede echar la culpa a otros de lo que no hizo y por lo visto tampoco lo va a hacer. No basta decir que los ríos que bajan a uno y otro lado de la cordillera son una fortuna que van al mar sin producir energí­a eléctrica, sino de hacerlo. Él tuvo su oportunidad - que desafortunadamente para nosotros - no la aprovechó. Se trata de pensar qué hacer con los recursos y ahí sí que, al parecer, a todos les faltan las ideas. Se trata de elevar propuestas, pero propuestas serias, no vergonzosos contratos que no generan desarrollo, ni para los pueblos involucrados, ni al propio estado. Para esto, que los recursos se queden intactos y en esto sí merece ser perro del hortelano, pues en la amazoní­a el bosque da vida a millones de seres vivos incluyendo a los humanos Es decir, si aprovecharlos significa regalarlos y consecuentemente exterminarlos, mejor no tocarlos.
Faltan ideas y precisamente a esa derecha a la que el gobierno se arrimó, a esos cortos y tradicionales usufructuarios del poder económico y polí­tico del paí­s, que nunca fueron capaces de ver más allá de sus ganancias inmediatas, aquellos que ostentan perezosa actitud y que no ven otra salida que no sea que no sea extraer irresponsablemente materias primas, sin tener en cuenta la población que vive de ellas, ni el futuro sostenible del paí­s.
Desde que la Ley Forestal Nº 27308 fuera aprobada por Decreto Supremo ¿cuánto mejoraron las condiciones económicas y sociales de los productores y extractores madereros de la ribera?. Nada. Igual que siempre. ¿Dónde está el gran aumento de la demanda de mano de obra bien pagada, tecnologí­a de punta y manejo efectivo de bosques? Todo es un engaño. Sin embargo, sí­ hay empresarios cada vez más enriquecidos. Sí­ hay un cada vez más lúgubre monte, depredado y degradado hasta el límite. Personalmente creo en que las inversiones son necesarias, pero sólo cuando se dan en condiciones mí­nimas de racionalidad y justicia. Pero claro, esto es algo que poco importa a las grandes empresas, fábricas e industrias mundiales y a sus administradores que siempre nos han gobernado. Creo, entonces, que la versión de nuestro Presidente debe ser vista, más bien, solo como un mea culpa más que una invocación crítica.